Video
que
el pueblo y-o el mundo les brinde el apoyo que requieren para algún día
librarse de los calificativos de terroristas y de narcotraficantes que
tanto les afectan y que mucho esperan que les sean retirados y que
además les den reconocimiento legitimo.
Y
son estúpidos porque en su búsqueda de esos reconocimientos cometen
actos que a más de crueles e inhumanos solo logran mayor rechazo y
repudio, lo que indudablemente las aísla más de sus objetivos. A no ser
que ese objetivo este, como piensan muchos analistas, en mantener
indefinidamente en el tiempo la prolongación del conflicto como
distractor para mantenerse en su actividad puramente narcotraficante y
así mantener su enorme capacidad económica pretextando la búsqueda de
recursos económicos para la guerra cuando en realidad se trata de un
simple cartel que utiliza la guerra y el terrorismo como camuflaje del
narcotráfico.
También
son cínicos porque ante cada acto criminal, actúan inicialmente con
indiferencia y hasta con negativas explicitas hasta que la fuerza de
los propios hechos las obliga a reconocerlo, algo que hacen intentando
justificarse echando las culpas y responsabilizando a otros,
especialmente al Estado y a las mismas victimas. Y eso es algo a lo que
han apostado desde sus inicios hace cerca de 50 años, y lo hacen porque
muchas veces tienen quien caiga en esos engaños; se sirven de la
ingenuidad nacional e internacional, de la buena fe y de los anhelos de
paz general.
Pasó con la masacre de los 11 diputados del valle, la cual negaron insistentemente,
inclusive acusando de ello al Estado colombiano y solo hasta que no
pudieron ocultarlo más decidieron reconocerlo pero buscando pretextos y
excusas para de todas formas evadir su total responsabilidad. Pasó con
el secuestro y posterior masacre de tres indigenistas norteamericanos en la comunidad indígena panameña de Pucuró, el 31 de enero de 1994; pasó con los indigenistas estadounidenses, Terence Freitas, Ingrid Washinawatok y Laheenae Gay; en caserío El Chuscal, en jurisdicción de Cubará, departamento de Boyacá,
límites con Arauca en 1.999, hasta que un video presentado por los
medios de comunicación descubrió al “mono jojoy” fraguando la excusa
mediante un “juicio ficticio” pero reconociendo que los habían “matado”
por “enemigos de la revolución”; igual con 12 religiosos gnósticos que
masacraron en mayo de 1999 en el municipio de Puerto Rico, departamento
del Caquetá; etc., y con los profesores indígenas Arselio Peñas Guatico
y John Jairo Osorio Pisario, pertenecientes a la reserva de Unión
Waunana, situada entre Istmina y el Bajo Baudó, Chocó, a quienes
secuestraron y posteriormente masacraron en abril de 2006, o la muerte
de los indígeas Awá Juan Dionicio Ortiz, Ademelio Pai, Arcenio Canticús
y los dos hijos menores de éste último, Germán y Andrés Canticús, el 15
de julio del 2007, en un campo sembrado de minas antipersonas, en la
zona rural de Ricaurte, Nariño.
Ahora
repiten con la feroz matanza de indígenas Awá en el departamento de
Nariño, donde primero secuestraron, luego torturaron y finalmente
masacraron a cuchillo al menos a 27 indígenas (según la propia versión
awá), cosa que negaron hasta que la fuerza de los acontecimientos las
obligó a reconocerlo (ocho según versión Farc), pero desde luego
trasladando la responsabilidad no solo hacia el Estado colombiano sino
a las propias victimas porque según los criminales eran colaboradores
del Ejército Nacional.
Desconociendo
en su ceguera cínica que por las condiciones geográficas y topográficas
el acceso y la presencia de Tropas estatales se hacía supremamente
difícil, a tal punto que para el arribo al sitio de los hechos fueron
necesarios cerca de ocho días; además por los extensos campos sembrados
de minas antipersonas que instalaron los guerrilleros en los
alrededores de los cuerpos sin vida de los indígenas masacrados. Acto
cínico reforzado con el eco que hacen algunas organizaciones no
gubernamentales que secundan la versión guerrillera responsabilizando
de los hechos al gobierno nacional, o en el mejor de los casos haciendo
tímidos señalamientos contra el grupo armado. En total, según algunos
estudios independientes, son cerca de 200 indígenas Awá asesinados en 4
masacres y 50 las victimas de las minas antipersonas, sin mencionar los
casos de desplazamiento forzado, el confinamiento y otras agresiones y
violaciones de las que son victimas esas comunidades por parte de las
Farc y otros grupos armados.
“Estos
crueles asesinatos violan los principios más básicos de la integridad y
dignidad humana”. José Miguel Vivanco, Human Rights Watch.