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Bala perdida

La sonrisa del camello

2009/06/07 | Por: LUIS HENRÍQUEZ

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RESUMEN

La sola mención de mi país fue como despegar una bandera con alguna hoja alucinógena en el centro. ¿Colombia? ¿Cocaine? Es la mejor estrategia de mercadeo después de la Coca-cola.

La sonrisa del camello
Hace un tiempo, un joven marroquí se me acercó en la calle para ofrecerme unas postales para ayudar a los niños inmigrantes. A seis euros la postal, estos niños podían dejar el colegio, poner el dinero a término fijo y jubilarse antes de los dieciocho. Pero yo, que trabajaba seis días a la semana y no terminaba de pagar la extracción de una muela que llevaba un año esperando bajo mi almohada a que el ratón Pérez (Miguelito para los amigos) pusiera su parte, tuve que abstenerme de hacer la inversión y entregar, casi pidiendo disculpas, los dos euros que llevaba en el bolsillo para contribuir a tan noble causa.

El joven activista tuvo que haber notado mi acento o quizás alguna falta en mi francés porque me preguntó, mientras recibía las monedas, de dónde venía. Más tardé yo en responder que él en hacer gala de su dentadura perfecta -la que imagino traía ya desde su país- y decir la palabra mágica: ¡Cocaína! (lo dijo en español). La sola mención de mi país fue como despegar una bandera con alguna hoja alucinógena en el centro. ¿Colombia? ¡Cocaine! Es la mejor estrategia de mercadeo después de la Coca-cola. Muchas veces me he preguntado si no sería mejor llevar unos cuantos gramos en el bolsillo para, por lo menos, sacar algún provecho de la situación. Pensé, sin embargo, que era mejor no entrar en mayor controversia con mi amigo camello, pero acerté a decir, como por seguir el juego, que sí, que en Colombia había cocaína y de la mejor, porque esa basura que cultivan en Bolivia sabía a colchón.

Yo nunca he probado la cocaína, en mi adolescencia me aguanté la curiosidad en virtud de una moral de clase media y colegio católico que no me dejaba ni mirarle las piernas a una mujer sin remordimientos. Más adelante supe, por mi experiencia con la marihuana, que simplemente no estaba hecho para las drogas, pero nunca dejé de mirar para arriba al subir las escaleras de un puente o de un metro. El caso es que en la lista de todos los actos y costumbres reprobables que poseo, no se encuentran la producción ni el tráfico de drogas recreativas, como les dicen aquí. Aún así, he tenido que sufrir las miradas desconfiadas en las filas de los aeropuertos y las bromas de cajón de cuanto idiota hace gala de su agudeza mental para sacar a relucir el estereotipo, que más parece un estigma escrito en el pasaporte. Incluso, llegué a desarrollar una paranoia a la hora de viajar que me obligaba a revisar sistemáticamente mi equipaje, mis bolsillos y hasta los pliegues de mis camisas, no va y sea que el olor de una servilleta olvidada o una fisura en el tarro del Mexana hiciera que los sabuesos de la ley se abalanzaran sobre mí como si fuera el jefe de un cartel.

Más allá de estas incomodidades, por demás soportables, después de despedirme de mi amigo camello -así lo bauticé por pura venganza- me puse a pensar en aquellos cuyas vidas se han visto destrozadas o completamente acabadas por el narcotráfico. En los pobres niños de los suburbios de Estados Unidos, quienes se meten por la nariz la tabla periódica que no han podido aprender en las aulas porque los adultos están demasiado ocupados en la guerra contra las drogas por fuera. En los miles que pasan sus días en las cárceles de Norte América y Europa porque la única manera que encontraron de ver cumplidas sus expectativas de prosperidad y desarrollo fue la de trabajar en el negocio de exportaciones que más divisas genera en el país. En las familias de los que han muerto en una guerra financiada en gramos de pasta que se cotizan en Wall Street bajo la fachada de sociedades anónimas de responsabilidad limitada. Pienso, y siento rabia, en todos los colombianos de a pie que crecimos y vivimos en la narcocultura de la narcopolítica y la narcoeconomía.

Finalmente, y ahora que lo pienso, puedo decir que Colombia y cocaína sí van de la mano, y no es una broma. Es triste y es injusto, porque la riqueza que se ha generado también se ha quedado en unas pocas manos, porque son unos los que ponen la sangre y las lágrimas, en Colombia, en Afganistán, en Bolivia y en Irak, y son otros los que ven su nombre en las pantallas de Times Square. Y en eso todos somos responsables, sin distinción. Por eso, me declaro culpable como cómplice en la ignorancia del sufrimiento ajeno, en la hipocresía del desarrollo virtual de una aldea global, en el desprecio al valor la diferencia para construir sociedades más justas. Soy culpable por egoísta y por cobarde, porque he adoptado la ignorancia como una bendición, porque he juzgado y condenado a otros sin saberlo y sin siquiera preguntármelo.

Estoy seguro de que no hay una sola solución. Se puede castigar a quienes blanquean el dinero de los carteles en todo el mundo, e invertir más en prevención y tratamiento que en fumigación y armas. En fin, cosas por hacer es lo que hay. Y fue la sonrisa perfecta de mi amigo camello, quien seguramente lleva otra historia a sus espaldas, la que me llevó a pensar en esto. Por eso, ahora, lo sigo llamando así, de cariño.
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