Es un libro que pesa. En todos los sentidos: como literatura —no muy bien trabajado—, como filosofía, social y físicamente, pues la versión sobre la cual se hace esta reseña tiene 1168 páginas. Si usted está en el metro de New York —ciudad, en su mayoría, demócrata—, aquellos que leen le mirarían con sospecha al ver el paquidérmico texto; con seguridad en su trabajo los colegas y amigos cultos se burlarían y le preguntarían si se está cambiando de bando y ahora piensa no con el lado del corazón —como diría Saramago— sino con el del egoísmo. Si su jefe es como el mío —mujer loca, pero de carácter férreo— éste le aprobaría y le diría que es uno de sus favoritos —mediocrity got us all fucked, man! me dijo ella—. Sus amigos literatos le gritarían como si quisieran salvarlo, como si lo que fuese a leer fuese Depak Chopra o Paulo Coelho. Con estas iniciales reacciones fácilmente puede entenderse que usted, por pura curiosidad, decida leer el libro.
Pero es menester parar de hablar de lo que pasa fuera del texto para empezar a desentrañarlo.Lo primero que se nota cuando se abre el libro es un folleto que invita a engrosar las filas de una organización que al parecer tiene como religión o ideología las enseñanzas de la escritora —el objetivismo—. Empezamos mal: los intelectuales, por definición, no pertenecen a culto alguno. Alguien dijo que la sociedad había sido fundada con la participación de la misma escritora en respuesta a las innumerables peticiones de sus admiradores. La página electrónica de la organización, pese a ser dolorosamente informativa, no responde la cuestión.
La historia tiene lugar en los años cuarenta o cincuenta con foco en la ciudad de Nueva York. El personaje principal es una mujer de increíble capacidad que maneja la parte operativa de una gran corporación de transporte ferroviario. A la cabeza de la misma empresa está su hermano, un hombre que llegó a su puesto aparentando, moviendo conexiones, e ingeniando maquiavélicas estrategias políticas. Este tipo, tratando de pagar favores a quienes le ayudaron a obtener su actual status, empieza a tomar decisiones que van contra la lógica del negocio y que ponen en aprietos no sólo a la protagonista, sino al país entero. Bandos se forman, y desde ahí comienza una pelea a muerte entre aquellos que piensan coherentemente y los políticos —u otros disparatados personajes que nuestra autora crea— para poner todo en un contexto de blanco y negro. En cuanto a esto, es preferible darle el beneficio de la duda a la filosofa y decir que esta estructura —la de dos bandos opuestos y sin intermedios— es desarrollada a propósito con el objetivo de recalcar los comportamientos de los cuales ella despotrica. La trama se desarrolla rápidamente y —hay que darle crédito a la señora Rand— es entretenida. Las casi mil doscientas páginas —con la excepción de las últimas doscientas— se van en un santiamén.
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