Me encontré el otro día con un amiga que
me cuenta lo agobiada que anda con la vida. La pobre, que acaba de
llegar de cuba, toda broceada y todavía con la pinta de solidaria:
pañuelo tejido a mano por algún indígena latinoamericano, camiseta sin
marca con impresos psicodélicos y pantalón a rayas fair-trade
(que le queda espectacular, por cierto), está cansada de tanto
consumismo, de tanta mentira, de tanta hipocresía, dice. Yo no pude
evitar sonreír. Pensé, y creo que se lo dije, ¿por qué no se va,
entonces? Y la respuesta me sorprendió. Ya lo había hecho, se había ido
un día como ese, el de nuestro encuentro, y con cien dólares en el
bolsillo arrancó para México con su mochila y, entre chiste y chanza,
se quedó cuatro meses, viajando, trabajando en lo que salía, bailando,
cantando y conociendo gente. Estuvo en la selva, al sur, cerca de la
frontera con Guatemala, y allí pasó un tiempo entre campesinos e
indígenas que aún, a pesar de las dificultades, que son muchas, viven
esa vida simple y idílica que aquí en Canadá se está poniendo de moda
con el nombre de ’simplicidad voluntaria’.
Yo no pensé que
una chica tan joven, tan menudita, tan linda, pudiera tener los güevos
para dejarlo todo de sopetón y salir a buscar aventuras en un país
desconocido -si bien ella es colombiana- sólo con la determinación y la
confianza de quien cree en la humanidad. No puede ser fácil. Quién, a
estas alturas, se puede imaginar que se puede salir por ahí, esperando
acampar en cualquier esquina, buscar posada en la casa de cualquier
desconocido, encontrarse con otros que, como ella, no esperan nada de
nadie salvo que sea capaz de compartir un poco de sí y de paso
colaborar con las tareas mínimas que requiere vivir en comunidad,
libres, sin contratos, sin deudas, sin rencores ni miedos. Nadie, creo
yo, ni ella misma. Aun así, lo hizo y encontró lo que buscaba. No
conozco los detalles de su aventura, pero quedé con ella para que me
los contara. Sin embargo, el hecho de habérmela encontrado ese día,
viva, saludable, completica, me hizo ver que no le fue mal, que sí es
posible, con algo de suerte.
Yo mismo he
querido hacerlo más de una vez, todavía me dan ganas, pero me las
aguanto. Acojona, la verdad sea dicha. Dentro de lo normal, toma tiempo
confiar en la gente, siempre queda la impresión de que algo tiene que
haber detrás de cualquier gesto, cualquier acción, y quizá por eso
mismo termina uno mismo concertando sus actos en torno a mezquinos
intereses. La paranoia de nuestra sociedad. Me pregunto si aún falta
por conocer ese otro lado de la vida donde, como dice la canción, “dar
es dar”. No hay que mirar muy lejos para ver que hay quienes viven
aterrorizados por el otro, inseguros de sí mismos, encerrados en la
comodidad de la rutina, incapaces de darse a los demás sin esperar nada
a cambio. Insatisfechos, alienados, solitarios. Y entre más se tiene
más se teme llegar a perderlo. Por eso creo que su ansiedad, esa
angustia con la que me contaba sus proyectos en Montreal sin estar
convencida del todo de que fuera eso lo que realmente quería, era parte
de un doloroso proceso de liberación. Creo, honestamente, que mi amiga
encontró algo allá afuera que vale mucho pero que requiere sacrificios,
compromiso, constancia, y espero poder pronto escuchar su historia y
que traiga puesto de nuevo ese pantalón a rayas que tan bien le queda.